20
Mar
08

La nueva víctima / El ermitaño

Me cuesta trabajo darme a entender. Puedes decir cualquier cosa sin gastarte el cerebro, patinar sobre el piso reluciente a vómitos o hacer reír a los monstruos en una peda sin sentido. Y no tienes que decir muchas palabras. Callar. A veces la gente no entiende.

Ayer me fui a tomar unos pulques con un gran amigo, poniendo como pretexto su cumpleaños. Antes de eso, lo vi en la escuela, con el simple propósito de hacerle entender lo que ya muchos sabían (bueno, no muchos). Le conté lo del viaje a X., el juego de botella y alguna que otra pendejada:
- Cuando lo dije, los que estaban jugando botella conmigo se quedaron con la boca abierta.
- ¿Pero por qué razón se podrían sorprender?
- Yo les dije: “Pobre ‘dozo, a lo que se va a enfrentar cuando le diga” jeje
- Ehh? Acaso… no querrás con mi vieja? o sí?
- No, no, no! Yo paso.
Nos dirigimos a la pulquería. Él empezó a hablar sobre la golpiza de emos, desviamos la conversación hacia las tribus urbanas y llegamos a conclusiones muy difusas. Sólo porque le dije que después de cierta etapa de aceptación pertenezco automáticamente a un grupo “selecto” de personas.

Después de medio vaso de pulque le dije lo que se negaba a entender. Me sentí incómodo, como si le estuviera dando mayor importancia a algo que no define mi persona. Me molestó que permaneciera inalterable, como si fuera tan natural de él decir algunos chistecitos homofóbicos. La verdad ya ni sé qué me molesta. Que la gente tenga esas actitudes y que cuando uno está presente las reprima pareciendo un simple hipócrita o que simplemente les valga madres. Yo creo que al ‘dozo le valió madres.

Ya en el estado de conciencia suprema. De fondo el Agaetis Byrjun de Sigur Ros. Una voz interior dice: “¡Pero qué bonito, ignorando de esa forma tus problemas!” Y todo me vale madres.

“Extraño mi vida ermitaña. No hay necesidad del mundo externo, sólo tú y la música. En un viaje neuroquímicamente artificial. Dulce activación de los receptores.”

Me pregunto si es una forma tramposa de vivir. Se supone que se activan las mismas vías de neurotransmisión. ¿Me estoy engañando? ¿Hasta cuándo es permisible la modificación de los estados emotivos si la persona siente un grado de bienestar? Piensa en los efectos adversos. Por ahora, ninguno. La música se intensifica, es un monstruo que te traga permitiéndote destripar sus más oscuros secretos. Y te quedas dormido, solo, en un cuarto y con un chingo de sed.

Voy en el metro al siguiente día. Después de dar un rol en el centro y la peda de ayer, uno apesta a madres. De repente me siento mal conmigo mismo. La vanidad ataca, te hace el feo y toda la gente se te queda viendo. Apestas y la vida apesta como tú. No tienes acceso a la belleza. Pero mamá Natura no te deja solo. Ese accidente llamado “música” llega a tus oídos, aunque sea dentro de tu imaginación. No hay necesidad de besar la belleza superficial de la gente: sus ojos malditos, esa barba de candado que cautiva, la pancita que estira un poco la playera. Es más, tu cuerpo ya no existe. Y piensas volver al estado ermitaño, dentro de una cueva, donde la gente ni tú te pueden hacer daño. Piensas que a la vez es deprimente, pero por el momento, no se puede hacer mucho. Música… ¿qué haría sin ti?


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