Después de mucho tiempo, telarañas, pelusas y una larga lista de entradas sin terminar, ya era hora.
Ahora lo volví a ver en una reunión improvisada, para repetirnos la pregunta que ya se volvió común entre los recién egresados: “¿Qué haces?” y yambién la respuesta más común: “Nada”.
Después de un amplio panorama de nuestra situación, le digo que estoy en crisis, que la toma de decisiones se me hace bastante fuerte y que tengo insomnio. Es simple. Tan simple como un: “no te estreses”. Lo sé, por ahora no voy a arreglar todo… y haga lo que haga, no está mal arrepentirse. El orgullo sólo me impide avanzar.
A pesar de que está cada vez más fregado, me dice que se siente mejor a comparación de los años en la carrera. Y se nota. Lo veo con esa chispa en los ojos característica de los primeros días, el espíritu idealista y la sonrisa en la boca. Me alegra mucho verlo así, y me doy cuenta que debo tomar eso en consideración. Estoy demasiado preocupado por modelar un futuro que al final se mantiene incierto, y cuando lo veo a él, el futuro parece una promesa del consumismo creada por los mismos responsables del 14 de febrero.
La pregunta es: ¿Qué vas a hacer hoy?
Ellos hablaron