Bucle

Contrario a los demás posts de este blog, estoy escribiendo desde la herramienta de “publicación rápida” de wordpress, precisamente porque no está planeado como para dejar claro algo en particular. Es sólo un signo más que muestra el estado general de mi pelaje. Como para la gente que gusta de hacer correlaciones y predicciones. O para aquellos que simplemente quieren tener una lejana idea sobre cómo estoy.

Estamos todavía en fechas emblemáticas y que suelen ser de reflexión. Ya saben que no soy de los que ven con grandes ojos la llegada de una nueva vuelta al sol, aunque es imposible no caer en un recuento de lo que pasó en esa pequeña disección del tiempo (que igual podría cambiarse fácilmente: multipliquemos toda la escala por 10 o cualquier número aleatorio y no modificaremos en absoluto los patrones del comportamiento del sistema). Ya saben que yo siempre estoy pensando, para bien o para mal. Lo que no me gusta hacer es argumentar, pelear (porque sí, la mayoría se enoja y vomita sus interiores de manera enérgica y violenta) para tratar de ganar un punto que está bastante fuera de su alcance. Prefiero mantenerme en silencio. Ahí es donde me contradigo, y sigo pensando. Ahora me pregunto el por qué de mi silencio y sale a flote mi inseguridad. Lo que se busca a la hora de argumentar (al menos en un medio informal) es ganar. Yo gano en el silencio. Los demás ganan pensando que tienen la razón. Pero, ¿estoy seguro? Claro que no. Les digo que estoy lleno de inseguridades.

Gracias a M. me pude dar cuenta que le doy demasiadas vueltas a las cosas, por más sencillas que sean. Cuando se trata de una elección, por ejemplo, entre una manzana roja y una amarilla, no puedo nadamás decir “mi elección es roja”, no, no, no. Me pongo a analizar la trascendencia nutricional de la manzana: seguramente la amarilla tiene un mayor contenido calórico por su sabor más dulce, cosa que se agradece porque además estamos en invierno. ¿Pueden notar que estoy en búsqueda de “lo correcto”? ¿Por qué no puedo darme cabida a algo de estupidez y locura? Es sólo una manzana, ustedes dirán. Es sólo la vida, deja de tomártela tan en serio, ustedes dirán. Y yo les podré decir que yo funciono así, pero muchas veces es frustrante, termino con un dejo de incompletitud, de contradicción, de sinsentido. Y si fuera por mí, por lo que “me nace del alma”, no haría nada. Me quedaría abstraído en un punto de la pared. Y me quedaría dormido.

¿A quién estoy tratando de convencer al hacer “lo correcto”? No, esa no era la pregunta (que de todos modos me duele… y tampoco era mi intención alargarme más en ésto). Me contradigo. ¿Que el futuro es algo que no me interesa? Si es algo que siempre está en mi cabeza, cocinándose a partir de los múltiples factores del medio. Y, me repito, es algo que sólo me trae frustración, pues ¿cómo haría una gráfica con todos esos factores? ¿dónde pondría los ejes? Es un intento de estar siempre a la defensiva, pero sin respuestas. Otra vez: ¿a quién estoy tratando de convencer? Hoy escogeré el silencio como respuesta.

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Abandono

Existe un lugar en el infierno reservado para la gente que sigue creyendo en él. 
Bajo la amenaza de que a cualquier acto impuro corresponde un castigo, Dios siempre fue una figura de autoridad en mi infancia. Ese ser inmaterial sólo se manifestaba en forma de amenazas, pero nunca como amor (ver capítulo 4, versículo 8, primera de Juan, como reza cierta canción religiosa de mal gusto).
La tradición familiar me obligó a seguir por inercia la formación católica hasta la primera comunión. Al finalizar el tortuoso catecismo, y una semana antes de la ceremonia, nos obligaron a confesar nuestros “pecados” en la iglesia. A esa edad ya tenía algunos “pecadillos” mortales relacionados a mi homosexual ser… y obviamente decidí omitirlos en mi confesión, pues no era tan cínico y sinvergüenza. De hecho, tuve que inventar una serie de pecados blancos e inofensivos para hacer mi discurso ante el saCerdote un poco más grave y convencional, porque independientemente de esos pecados, era un muchachito muy bien portado (anormalmente bien portado). El saCerdote me recetó como 3 “Aves Marías” y 5 “Padres Nuestros”, “pase a pagar en la caja y suerte con su realización como católico”.
Dios en forma de reflejo Pavloviano.
Acto seguido, nos colocaron una cinta-estigma morada en el brazo. Su hiriente presencia tenía la función de recordatorio, siempre amenazante, de nuestra primera confesión. Estábamos sentenciados, ya que cualquier pecado, incluso en pensamiento, nos decantaría automáticamente al infierno. Es bien sabido que era bastante ingenuo, por lo que no es difícil verme en un grado de sumisión que ya envidiaría cualquier monja comprometida con la iglesia (aunque debes saber que la envidia también es pecado, monja comprometida… ¡PECADORA!… Bueno, debo seguir). Fue una semana agobiante, pero libre, pulcra, blanca… ausente del pecado católico.
Naturalmente, predominó la represión de muchos de mis actos para evitar cualquier situación que me comprometiera. Desde entonces entendí que los pecados nos definen como personas.
El abandono duele, aunque sea a algo que no nos corresponde.
Deseché la existencia de papi-Dios-católico en mi vida casi después de la primera comunión. El cambio se hizo de forma gradual, sin mayor drama, así como se borran los pocos recuerdos gratos y empolvados de la escuela primaria. No presumía ser ateo, sino que me definía como “agnóstico”, porque “ateo” suena más drástico y controversial. Era un niño bueno, carajo. Parte de esa convicción insegura se debía en parte a la influencia del medio (tan extenuantemente homogéneo)… y para cuando me di cuenta, ésta me lastimaba. Envidiaba la fe de los católicos, y en general, de la gente religiosa. Me preguntaba cómo puede sostenerse una persona cuando le falta fe, ese componente esencial de cualquier ser humano, casi ligado al carbono… bueno, eso pensaba. Llegué a husmear entre otras opciones religiosas (y digo sólo “husmear”, porque mi flojera las sobrepasaba), ¡tenía que haber una opción para mí, el niño raro, que me proveyera de fe!
¡Pero qué chamaco tan ingenuo! diría hoy. Así como aquel individuo que quiere sentir el sabor de la feniltiocarbamida cuando ni siquiera tiene (por la ¡oh, prepotente disposición genética!) los mecanismos transduccionales necesarios para percibirlo.
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La teoría endosimbiótica del ser imaginario (o Gaia existe, y la teoría de la des-evolución se desarrolla hasta sus máximas consecuencias).
Dios tiene oídos sordos.
Dios actúa bajo su propia voluntad.
Dios es ubicuo.
Dios desarrolló un sentido de autoconservación.
Dios tiene una próxima “víctima”, en forma del ser que presume su avanzada evolución.
Dios tiene forma de todas las bacterias en el universo.
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Cuando la burbuja no se conforma de tensoactivos (o surfactantes, para aquellos malos traductores).
Se sabe que un simple pulso suprafisiológico puede desencadenar una respuesta biológica marcada, aunque lo más probable es que no refleje el funcionamiento normal de un organismo. Hay veces en las que una situación provoca un cambio dramático en tu forma de ver las cosas. Una noche, muy borracho en una fiesta improvisada con Emmanuel, terminé hecho un mar de lágrimas (cuando ya no era mi costumbre hacerlo… ¿recuerdan cómo terminaba retraído en el piso?). Todo por el “simple” e “inocente” hecho de que salió a relucir la ignorancia de mi “ser”, viéndome como el niño que apenas está conformando las redes neuronales que lo caracterizarán en la madurez.
Días después, otro de esos pulsos se manifestó en forma de ligue del metro. Entendí que una conversación con un simple desconocido puede derrumbar tu integridad, esa que tú creías que estaba bien pero, siendo sincero, sólo te traía dolores de cabeza y lágrimas. No volví a saber más de esa persona de la que ni recuerdo su nombre.
Lo ambiguo de la obviedad. 
Me resulta muy difícil comprender esas frases categóricas que supuestamente le dan un mejor sentido a la vida y evitan el sufrimiento, muchas de ellas disfrazadas de metáforas vulgares y aversivas. “Sal de tu burbuja”, “sé tú mismo”, “la clave de la felicidad está en equis o en ye”. Hasta parece que yo no fui programado con el mismo manual de todos, por lo que tengo el riesgo de parecer (¿o ser?) bastante ingenuo y/o falto de madurez emocional (y sigo sin comprender a qué se refiere ese término).
He dicho en alguna entrada anterior que he cambiado un chingo en poco tiempo, pero fue hasta después que comprendí que ese cambio se debe a mi nueva adquisición de su catálogo de monerías para la sobrevida. Sí, eso que mucha gente denomina “autoestima”, que he entendido como una forma de autoaceptación de nuestras características físicas y conductuales. Ya, debo decirlo cínicamente: el amor propio. No pienso hacer una comparación de un antes y un después con una fotografía exagerada y sonriente de infomercial barato. Pero puedo decir que las manifestaciones conductuales de Adair, si no en su máxima expresión, ahora son sinceras: éstas se reflejan en cosas simples como su forma de andar… o sí, también en lágrimas y sonrisas derivadas de su elevada sensibilidad, antes reprimida (aunque actualmente sigue andando con paso torpe, pues deben entender, que fue como volver a nacer…).
Errr… am… am… AMOR.
Debo aceptar de manera cínica que un tema tabú en este blog (y en mi vida) siempre ha sido el amor, en cualquiera de sus formas. Pues, ¿cómo hablar de algo que no se tiene, o que al menos no se ha experimentado, o entendido?
Toda la gente habla del amor que hasta llega a ser un tema bastante molesto. A mí me pasó justo como ese capítulo de los Simpson, en el que Homero acepta ir a una escuela de payasos sólo por la pinche presión del medio. Y así como con la fe, me dediqué a buscar algunas respuestas.
“El amor llega cuando menos lo buscas”.
Al principio todo era frustración. Estaba presionándome demasiado… y también al medio. Después de algunos tropiezos (y desparramamientos en el suelo), comprendí la importancia de ser y actuar naturalmente (badge No. 1 de la Escuela de la Vida)… por lo que todo me empezó a valer madres y yo a comportarme más tranquilo con la búsqueda. Es más, ya no había búsqueda. Todo se limitaba a contactos casuales y sin heridas de por medio (bueno, sólo desgastamientos de mucosas. Guiño, guiño). Hola, qué rico estás, adiós.
La oportunidad llegó en una semana de congreso. Pues pasé un día en particular muy mierda: después de hacer “eso que no debí hacer”, le hablé a David preocupado, terminé borracho y llorando por el mañana… ¡hasta haciendo twitcam! Bueno, no terminaré relatando lo que pasó ese día, no es el punto.  En fin, fue un día muy malo. J. llegó al siguiente día, casi por accidente, como una pequeña esperanza de tener ese “algo que no conozco”. Nos quedamos de ver “sólo por si acaso”, pues yo me iba al siguiente día. Terminé un poco borracho, pero contrario al día anterior, todo era, al parecer, perfecto: compatibilidad, sonrisas, felicidad, ay-mira-qué-bonito-estás… Y fue entonces que conocí ese enamoramiento pueril hacia una persona, ese bo-ni-to impulso que nos hace perder el control sobre nuestros actos, en el que somos capaces de hacer cualquier cosa por estar con ese alguien… como un viaje a León, pero él no aprecia tu esfuerzo, ya no te pela y te desecha como si nada hubiera pasado, sin darte razón, dejándote en la incertidumbre (sí, exagero… pero sólo un poco).
B.: porque los reflejos condicionados no se adquieren con el primer estímulo aversivo.
Nuestro objetivo inicial era sólo un acostón. Nos encontramos en el centro, compramos algo para saciar el sagrado munchie del mal secundario al café, y nos dirigimos a la casa de su abuela que él toma sin su consentimiento para coger. Sin embargo, una fuerte lluvia quiso atentar contra nuestros objetivos iniciales. Creo que en ese día nuestras fachas provocaban mucha desconfianza, pues terminamos corriendo hasta Garibaldi a falta de un taxi que nos quisiera levantar. Chingadamadre, sólo queríamos un aventón hasta Tlatelolco.
¡Maldita lluvia, que haces a los seres más propensos a enfermarse de gripe!… o de otras cosas. B. es un muchacho inteligente, desmadroso, auténtico… y con facha de biólogo. Sí, como es de suponerse, caí redondito.
Seguimos algunos días con esa bo-ni-ta dinámica del enamoramiento. ¡Hasta un día me presentó a sus amigos con el pretexto de celebrar el 420! Después del evento, nos despedimos ya casi como formales (awww, cosas).
B. desapareció al siguiente día. Después de mi caso fallido con J., no podía creer que había tropezado “¡de nuevo y con la misma piedraaaaa ♪!”. Aunque la incertidumbre me inundaba. A diferencia de lo que pasó con J., no sentí tensión o inseguridad el último día que lo vi. ¿Cómo podía desaparecer así como si nada? ¿Le pasó algo? ¿Lo atropelló un coche y valió madres su celular? Ay. Los que me conocen saben que suelo ser bastante comprensivo (algunos podrían decir que por eso hasta pendejo), pero la incertidumbre me hacía llorar a cada rato. Por un lado, la decepción de volver a cagarla y, por otro, que por circunstancias del destino NUNCA podría saber qué pasó con él (y ese “NUNCA” se repite en loop eterno hasta que lloras y lloras y lloras, también en loop eterno). Llegué a comparar a B. con Víctor, pues tienen bastantes características en común. Y una de ellas (que en el caso de Víctor llegué a comprender con el paso del tiempo), es la de desaparecer sin dejar rastro.
Fuí a llorarle mi drama a Cobayo y a la Rubia. Cobayo nos invitó a ahogar nuestras penas en Yogurtland: de esa forma brindamos por esos hijos de puta que abundan en el universo.
Sufrir la pasión, la recompensa el amor.
La pasión aprisiona nuestros actos (hasta no parece coincidencia que “pasión” rime con “prisión”). Durante esos momentos bo-ni-tos somos incapaces de dejar de pensar en esa otra persona, que hasta podemos olvidar necesidades más tangibles y reales. Pensamos en la imagen todavía muy desconocida y distorsionada de otro ser que no nos pertenece (“pasión” también rima con “ilusión”). Y el sentido de pertenencia adquiere valor, manifestandose en la obsesión por tenerlo para nosotros. ¡Bonita forma de egoísmo! Lo abrazas en la cama, respiran juntos en completa armonía, lo ves a los ojos, lo acaricias, te vuelves loco… “quiero que B. sea el hombre de mi vida”.
Aunque en un principio estas manifestaciones conductuales pueden ser correspondidas, no puedo decir con seguridad que me siento muy cómodo. Inunda la incertidumbre acerca de lo que pasará en un futuro (otra vez, ese muchacho incómodo), reflejado en la obsesión por tenerlo cerca, siempre. Como una forma de decir “es mío, de nadie más”.
En su intento de monopolizar, las relaciones de pareja limitan la independencia emocional de las personas. Además, existe el consenso de que, al menos en el inicio de la relación, nuestra propia sexualidad pertenezca al otro. Lo que no se toma en consideración es que el sexo puede desempeñarse de buena forma independientemente del afecto que tengamos con otra persona cualquiera. Es una necesidad personal, fisiológica, intransferible, que no refleja nuestra forma de amar. Entonces, ¿por qué la exigencia de serle fiel a la otra persona también en el aspecto sexual? “Mis actos y mis sentimientos te corresponden”, bo-ni-ta forma de esclavitud. No me importa parecer un egoísta (¡oh, ironías de la vida!), pero justamente después de volver a nacer, lo que menos me importa es tener que rendirle cuentas a alguien. 
Dicen que de la pasión puede surgir el amor. Para algunos puede funcionar y rendir buenos frutos, pero en mi caso, defensor del amor universal (aunque suene mariconamente cursi), lo sufrí bastante. Pues… ¿alguien se ha olvidado de los amigos? ¡Ay, que la amistad está tan infravalorada!  En la amistad se es, sin llegar a pertenecer. Y conocemos a la persona en su máxima expresión. Y claro que también hay amor.
M. o la prueba de amor.
Conocí a M. un día en el que supuestamente iba al Auditorio Nacional por una liquidación de películas. Bajé del metro, caminé por el andén hacia la salida… pero  un tipo alto, maduro y barbón (ay), me llamó la atención… intercambiamos miradas y ¡zaz! terminamos en su departamento de Zapata. Platicamos un buen rato. Su instinto paternalista se manifestó en su opinión sobre por qué nunca me había hecho la prueba (del VIH, claro); según él, ignorar la prueba era contradictorio en una persona que está relacionada con las ciencias biológicas. Bueno, no todo terminó tan bien, pues salí regañado.
Al siguiente día, la culpa y los pecados del pasado me abrumaban por su riesgo: ¿y qué tal si ese día en los baños de…? Bueno, ese no es el punto. M., un tipo paciente y comprensivo, me acompañó hasta el hospital. Y afortunadamente no nos llevamos un mal rato.
Nos seguimos viendo, pero pactamos no enamorarnos. Fácil, porque en ese entonces sólo era un chamaco calenturiento y pues… no estaba interesado en esos otros menesteres.
En una de esas tardes nos estábamos dando un baño, de fondo se escuchaba el “A Natural Disaster” de Anathema. Me dijo que esa música era como de “gente que se droga”, que “si le hacía a eso”. “¿A qué?”, le pregunté. “A la mota y esas cosas”. “De vez en cuando, de vez en cuando. ¿Tú?”. “Igual, de vez en cuando…”. “¿Tienes?”. Salimos disparados de la regadera. Me presumió su flamante Volcano y desde ese día cada reunión se resumía en una fiesta de excesos para dos, en donde el mañana poco importaba.
Amo a M. Su madurez radica en “dejar ser”, no en “te sugiero que hagas esto porque estás mal y después te vas a tropezar y morir desangrado” (aunque en un principio no haya sido así, ¡ja!). Aprendo mucho de él aunque ese no sea su objetivo. Así como con los amigos. Hemos compartido dolores de cabeza con nuestros respectivos prospectos a pareja. Así como con los amigos.
El abandono duele, aunque sea a algo que no nos corresponde.
Tengo que reconocer que la influencia del medio me hizo buscar el amor. Ahora me pregunto por qué tenemos que buscar el amor en una sola persona. No lo sé, quizá sea para encontrarle un sentido de pertenencia a nuestra existencia.
¿Es necesario el noviazgo? Algunos lo relatan como algo necesario para considerarse humano, como si fuera el principal eje que mueve al mundo, aunque como consecuencia, muchos se crean una falsa necesidad. Así como al abandonar la fe, la convicción de no tener novio (quizá nunca), fue algo doloroso. Sobre el papel, su definición de amor de pareja prometía mucho. Después tuve que aceptar con honestidad qué es lo que en realidad buscaba. Y he aquí el resultado.
Que “cada quién habla como le va en la feria”.
Sí, eso dice la gente. No estoy hablando mal del amor. Y siendo realista, tampoco creo que me haya ido tan mal. Lo que quiero decir es que el amor no debe ser categorizado y reducido a esquemas que no respetan la integridad de los individuos. Mi integridad radica en el respeto a mi independencia, física, conductual, emocional, sexual, etcétera. Si acaso, el novio perfecto sería la mezcla de un amigo con lo que implica un sex friend. Pero la simple idea de nombrarlo como “novio” iría en contra de mis principios. Dejémoslo así. Quizá con el tiempo “madure” lo suficiente, me deje de estas mamadas y me trague mis palabras. Sólo el tiempo lo dirá.
Definición. Realización.
B. apareció una semana después en forma de conversación en el mensajero. Yo me alegraba de que al menos no le había pasado nada, pues durante los días que pasaron me fui convenciendo de que lo nuestro había valido madres. Sí, la cagó, pero repito: soy comprensivo y lo que hizo no impide que lo siga queriendo. El hecho de que lo nuestro no haya sucedido como relación de pareja no impidió que seamos amigos. A mi parecer, terminamos mucho mejor de lo que pudimos ser.
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Pequeño sinvergüenza.

Pues aquí estoy, aprovechando esa nueva capacidad que defino como “cinismo”.

Les confesaré un secreto, criaturas inmateriales de este blog. Ahora que tengo un poco más de amor propio, puedo darme el lujo de mostrar mis aberraciones físicas y conductuales (aunque si asumimos que la conducta es una manifestación de cómo estamos conformados físicamente, eso es una redundancia).
Bueno, a lo que iba. ¿Les preocupa su futuro? ¿Tienen un seguro de vida? ¿Tienen ahorros para sobrevivir con comodidad la vejez?
Vamos más atrás. ¿Piensan quedarse en el mismo puesto laboral conforme pasen los años? ¿Piensan darse a conocer en el mundo entero por alguna hazaña excepcional?
¿A qué va toda la palabrería? Mi preocupación por el futuro me agobia. Esa es la gran confesión.

En años anteriores me había definido como un nihilista, *inserte grabación de risas* y, sin saber mucho acerca de ello, adopté un papel patético de mártir… pobre muchachito estúpido. Conforme pasaron los años, he tratado de evadir esa etiqueta sólo por no parecer un estúpido… pero finalmente, creo que es así. El futuro, en forma de lo que quiero y lo que debo hacer, no existe… aunque eso ya no es de importancia para lo que quiero destripar aquí, sino ¿cómo fundar el siguiente paso hacia la vida si no tengo bases para hacerlo?
Me seguiré dando a entender. El futuro… ah, eso a lo que todavía rehuyo. “Mi vida no tiene sentido, mi existencia no tiene sentido”, una frase que no debe leerse en tono dramático, ni de forma fatal. Es un hecho que nadie va a cambiar. Les pido que respeten esa forma de ver las cosas al no tratarme de convencer con palabrería y media. El futuro… ah, sí, el futuro. Sigo rehuyendo a él. Tengo miedo. Y puedo ser un sinvergüenza para manifestarlo (gracias, autoestima).
Sigo explicando. Antes era pasivo (no hablo sexualmente): al ser la nada la última posibilidad, no tenía mucho sentido hacer lo que debo hacer, o lo que tengo que hacer o el simple hecho de hacer. Mi respuesta conductual era el sueño, pues ¿qué otro método más cercano tenemos para no-existir mas que el abrazo asfixiante del sopor? Algunos me podrán decir que las drogas son otra salida… aunque yo las veo como un complemento de la existencia. El suicidio era una posibilidad bastante lejana (y además, siendo sincero, estoy bastante prejuiciado para no cometerlo).
Seguiré siendo un sinvergüenza. Al no tener la posibilidad del suicidio, y el dormir eternamente está visto como suicidio, ¿qué otra posibilidad tengo? Adoptar una postura activa. No hay futuro, no hay finalidad, pero el paso por la vida puede ser sustancial. La vida puede estar llena de momentos sublimes… ¿Recuerdan aquella vez, en la que este pequeño organismo multicelular, haciendo uso de las señales de sus múltiples receptores sensoriales llegó a la conclusión de que DEBÍA seguir vivo? Una canción minimalista, el pasto debajo de su informe cuerpo, color azúl y blanco en el cielo, el viento que acaricia sus cabellos, un pequeño insecto que perturba su campo visual… cada evento que complementa cada silencio y que son transducidas a pequeñas punzadas de dolor en la garganta. Eso, eso es lo sublime.

Odio las frases categóricas. Pero hay una que reza “el que no arriesga, no gana” y que chingadamadre, ¡cómo me pega ahora! Aunque debo completarla como “el que no arriesga, no gana… ni pierde”.

¿A qué va todo esto? Es algo difícil, pero he llegado a la conclusión de que no debo quedarme dormido. Seguiré siendo un sinvergüenza, seguirán las confesiones. No he hecho nada para el siguiente paso en mi formación: NADA. Trámites, cerrar el ciclo anterior, buscar una línea interesante de trabajo, un empleo… NADA.

Necesito ser más cínico y sinvergüenza. A este muchachito le hace falta vivir el fracaso. Mi miedo es al fracaso. Respuesta simple y contundente.

Ahora ya sabes lo que tienes qué hacer.

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Pequeño sinsentido (ardido).

Dos

Antoine tenía uvas, naranjas y café.

Caminaba sin sentido para recobrar el sentido de mi existencia. O sea, ninguno. Para aliviar la ansiedad de aquél que desapareció en la nada. O para aliviar la ansiedad causada por la idea de que algún día desapareceré en la nada.

Me imaginaba en medio del desierto cualquiera, como la metáfora perfecta de la nada.

(Tomen a una persona cualquiera y arrójenla al desierto. Lo primero que intentará hacer es construír pequeños castillos de arena para… encontrarle sentido a su vida. Después, al darse cuenta de su fracaso, caminará para calmar su ansiedad. Al sobrevenir el cansancio y la deshidratación, es muy probable que comience a alucinar. Aunque si tiene mayor suerte, y por razones aleatorias, encontrará un poco de sombra. Después su cuerpo formará parte de la nada).

 

Uno

Había una vez un muchachito-poca-experiencia que bajo cualquier situación era sensible y débil. Entonces, cualquier estímulo del medio que desencadenara su sentido biológico de autoconservación lo apendejaba. Vivía bajo la promesa de que algún día iba a lograr algo en ese mundo terrenal, donde ese “algo” es una idea preconcebida de la mayoría.

No pasó nada.

Este mismo muchachito-con-un-poquito-más-de-experiencia sigue siendo sensible. Y sigue siendo débil. Una promesa que desencadena la misma respuesta del pasado lo hace retomar el camino, aunque con un poco de reservas. Sin embargo, las esperanzas lo sobrepasan.

No pasó nada.

El muchachito abandona el sistema concluyendo que tiene “poca capacidad para amar”. Aunque su error radica en que problemente no se trate de él, sino de la alta densidad de hijos de puta del universo.

 

Tres

Antoine tenía uvas, naranjas y café. Y un acompañante. Yo, en el camino hacia la nada, nada.

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Incompleto

[De fondo suena una canción de cuna]

“¿De qué te sirve…? Eres un ser incompleto y bastante chillón, por cierto.
…déjame ser parte de tu vida”.
“Mucha razón tienes en tu grosera boca.
…déjame chillar y correr. Alcánzame (si puedes)”.

[La canción se interrumpe y voces gritan: “te lo dije”]

Si me buscan, estaré retraído en ese rincón…

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Here I go again…

…I promised myself I wouldn’t think of you today.

Perdón, pero al poner título a este post no pude evitar cantar cierta canción de Savage Garden.

No quiero llamar la atención (como siempre, los que me conocen lo han de saber), pero este post no significa que me apareceré más seguido por estos lares.

¿Deseaban que regresara con mis aventuras tragicómicas de dos pesos? Pues ahora creo que ni valen para pulp fiction. Ahora escribo para la revista del corazón, para la Eres o la Tú, para twitter… ya saben, soy dos rayitas menos interesante, complicado, con tendencia a la simplonería.

A veces duele aceptarlo, pero cuando eres feliz ya no te quieres complicar la vida. Sí, así como lo oyen: puedo decir con seguridad que soy feliz (o que al menos la mayor parte del tiempo me mantengo muy estable).

Al parecer, la gran mayoría no le toma importancia a la pregunta obligatoria de “¿Cómo estás?”. Pero yo, siendo una persona que no sabe mentir, me veía en graves problemas: no podía contestar con el arriesgado “Bien”. Si se dieron cuenta, les contestaba con un “Meh, estable…” o algo similar. Obviamente, no me sentía bien.

Durante todo este tiempo siento que he cambiado un chingo. Dicen todos que estamos en un constante cambio, de materia, energía, cosmos, y ya saben, todas esas chorradas que nos vende el new age. En mi caso, el cambio ha sido exponencial. No entraré en detalles (y dicen que las comparaciones son odiosas), pero si me comparo con el Adair de hace un año… hay una gran distancia.

Entre otras cosas, ya no me deprimo con facilidad. No, no, no. Ese círculo vicioso  que me mantenía incapacitado en cama y llorando como chica enamorada sólo le regalaba estragos a mi cuerpo.

Sin hacer la historia larga, así de la nada, mi cara se iluminó con una sonrisa. De repente me veía paseando por el césped, con los infaltables audífonos y música posable: esas pequeñas cosas que endulzan la vida y que te hacen sentir un nudo en la garganta de la felicidad. O aquellos orgasmos deductivos, al llegar a comprender el funcionamiento de un sistema altamente complejo:  una infinidad de moléculas señalizadoras, colores y números que danzan frente a tus ojos, como si estuvieras viendo a través de los ojos del mismo Dior…

Aunque no puedo negar que tengo miedo de que esto sea temporal. Vienen climas fríos y he tenido algunas recaídas leves.  Esperemos que no pase a más… y si me pongo emo, ya me verán más seguido por este blog, jejeje.

Mejor corto la comunicación (además, ya tengo que acostarme). Ya saben gente, por ahí ando.

Desde Neza, reportando para la gente ociosa: El rroto.

——

Pinche Víctor, te odio (bueno, sólo poquito), por impulsarme a escribir ésto de improviso.

Vuelvo a repetir: este post no quiere decir que me apareceré más por acá. Mejor salúdenme en la vida real, echemos el chai y veamos los colores del paisaje.

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He said…

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Come wander with me {[(love)]}
Come wander with me
Away from this sad world
Come wander with me

He came from the sunset
_______from the sea
_______from my sorrow
And can love only me

Oh where is the wanderer
Who wandered this way
He’s passed on his wandering
And will never go away

He sang of a sweet love
Of dreams that would be
But I was sworn to another
And could never be free

Come wander with me {[(love)]}
Come wander with me
Away from this sad world
Come wander with me

Anneke van Giersbergen
Pure Air
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